Democracia liberal: un sistema totalitario

Estudiando el sistema actual se puede apreciar una cuestión sorprendente que llama la atención de forma escandalosa. Este sistema, comúnmente denominado “democracia liberal”, ha sido capaz, a pesar de que no cuenta con ningún tipo de popularidad entre los ciudadanos, de perpetuarse durante las últimas décadas sin grandes sobresaltos.

Obviamente, la inexistencia de una alternativa política que estuviese a su altura ha ayudado bastante a su hegemonía.

La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría supusieron el punto y final de las alternativas políticas al liberalismo. Por otra parte, desde la caída de la Unión Soviética, tampoco han existido otras potencias capaces de derrotar militarmente – o al menos plantar cara – al “mundo occidental”, lo que ha permitido a este sistema fortalecerse en lo relativo a cuestiones internas. Además, la economía, a pesar de que ahora se encuentra en una situación dramática, en líneas generales no fue mal, o al menos no dio la impresión a los ciudadanos de que fuese mal. Si bien es cierto que la situación económica se ha deteriorado progresivamente hasta una situación catastrófica y que las diferencias económicas se han disparado, la imagen que tiene el ciudadano al respecto es que se han vivido épocas de progreso y desarrollo, las cuales generaron en la sociedad una sensación de comodidad y de confianza y credibilidad en el sistema. Sin entrar a analizar las causas y la responsabilidad del crecimiento económico, el cual esta más relacionado con el desarrollo tecnológico y la apertura de nuevos mercados que con el sistema político, el caso es que el sistema supo anotarse un tanto que no estaba claro que le correspondiese.

Sin embargo, la principal virtud del sistema ha sido su capacidad para inculcar sus valores a una sociedad cada vez más individualizada y con menos conciencia de comunidad. El pueblo, un pueblo que en apariencia es culto y que presume de pensar por sí mismo, ha llegado a asimilar y a abrazar todos los principios del sistema. ¿Cómo se ha llegado a ello?

La forma de hacerlo ha sido a través de los medios de comunicación. Televisión, prensa y radio, a pesar de su apariencia libre, han estado al servicio del poder, bombardeando constantemente al ciudadano. Todas las tertulias, todos los programas de información, todos los programas de ocio servían para difundir el ideal y los valores del sistema, valores totalmente ajenos al pueblo. Y este los ha aceptado como propios sin rechistar. Se ha adoctrinado al pueblo de la mejor forma posible: sin que ellos se hayan dado cuenta.

En primer lugar, la estrategia del sistema ha sido sencilla. Mientras bombardeaba diciendo lo que era bueno, también etiquetaba de forma negativa todos aquellos conceptos que eran contrarios a sus principios. De esta forma, el pueblo comprendía claramente lo que era bueno y lo que era malo. Mientras que el sistema defendía el Estado de derecho, el Estado de bienestar, la libertad, el progreso, la tolerancia, el consenso, el talante o el respeto, sus enemigos, según los medios de comunicación poseedores de la verdad absoluta, promovían el fascismo, el nazismo, el racismo, el terrorismo, el genocidio, los sistemas totalitarios y las ideas intolerantes.

Y a pesar de que el sistema defiende y alardea de que la libertad de expresión debe ser algo “universal”, algo “para todos”, a estos seres despreciables encarnación del mal no se les debe permitir expresarse, dado que sus ideas son perjudiciales para el resto de la humanidad. Con esta simple pero efectiva manipulación del lenguaje político, el sistema ha sido capaz de lograr el control de las masas, que las masas piensen tal y como el sistema pretende. El sistema ha sido capaz de hacer ver a la gente lo que es bueno y lo que es malo.

Así, se ha creado un cordón sanitario en torno a todas las ideas disidentes. El mero hecho de manifestarte a favor de alguno de esos puntos, por muy razonado que esté el discurso, te desacredita ante la sociedad. Y no solo eso, basta con que alguien te acuse de alguno de esos puntos para estar arrinconado y haber perdido el debate.

Obviamente, esta dicotomía entre “bien” y “mal” no es nada nuevo, sino que se trata de una estrategia antigua, tradicionalmente utilizada en regímenes totalitarios como el comunista, que servía al líder para acabar con todo tipo de discrepancia. Y mientras se persigue “el mal”, los medios hablan de libertad de expresión, de respeto y de tolerancia como características y valores innegociables de este sistema.

Sin embargo, el mundo geopolítico es extremadamente complejo. En ocasiones, el bueno, no es el bueno y el malo no es el malo. En otras ocasiones, el malo está financiado por el bueno y el bueno está financiado por el malo. Y en otras muchas, no hay ni un bueno ni un malo, sino simplemente sistemas, países o bloques “diferentes”.

Pero a pesar de todo, el sistema es capaz de que la gente mire al mundo con sus prismáticos. Y dado que nuestros prismáticos nos muestran que el nuestro es “el mejor de todos los sistemas posibles”, el resto del mundo que no tiene un sistema como el nuestro necesita de nosotros para poder disfrutar de nuestras ventajas y empezar a vivir una vida plena. Así, sin tener en cuenta las características, la cultura y la forma de vida de los pueblos, a los que se les considera a todos iguales, el mundo occidental ha decidido implantar la democracia. Y donde no lo ha conseguido por las buenas, porque los pueblos no lo han aceptado, entonces lo ha hecho por la fuerza. Así, cuando se trata de democratizar el mundo, cualquier medio es válido, incluida la guerra.

A pesar de presumir de su “tolerancia”, la democracia liberal no entiende que puede haber sistemas diferentes, los cuales no tienen necesariamente que ser mejor o peor que ella. La democracia liberal se identifica a sí misma con el mejor de los sistemas posibles y, por tanto, con el bien. Y por el contrario, cualquier otro sistema es el mal y debe ser combatido. Esta dicotomía “yo=bien / el resto=mal” es una característica inequívoca de totalitarismo.

Por todo ello se puede decir que la democracia liberal es un sistema totalitario, a pesar de su aspecto libertario y su apariencia tolerante. Pero no es un sistema totalitario al uso, sino que es más sofisticado. Juega con los medios de comunicación y con la opinión pública para llegar a la conciencia de las personas y hacerse fuerte.

Totalitarismo

Además, el hecho de que la democracia liberal pretenda imponerse universalmente como el único sistema válido lleva implícito graves consecuencias, siendo la más grave de ellas que persigue el exterminio (independientemente de si se hace de forma “pacífica” o por la fuerza) de todos los demás sistemas, dado que no son lo “suficientemente democráticos”, y por tanto, no son lo “suficientemente buenos”. Y así se acaba destruyendo la historia y la tradición de numerosos pueblos y culturas, lo que supone una reducción de la diversidad humana y, por tanto, de la riqueza universal, quedando los pueblos sometidos a un régimen democrático liberal estandarizado.

Por eso es importante conocer la verdadera cara del sistema. Y si consideramos fundamental preservar la riqueza cultural e histórica de los diversos pueblos, entonces debemos enfrentarnos a este sistema totalitario. Un sistema que solo pretende eliminar todas las diferencias culturales a favor de la creación de un único sistema mundial estandarizado, en el que los individuos no sean nada más que meras unidades productivas y consumidoras, sin ningún tipo de vinculo entre ellas ni con su territorio, su cultura o su tradición.

Fuente: Elaboración propia

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